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Perdón social para...

Daniel Samper – Tomado de Cambio Colombia y Los Danieles

19 de abril de 2022

Pensaba escribir sobre la foto triste de Iván Duque en la ONU mientras sus coequiperos, atrás, jugaban con el celular y se escurrían en sus sillas: había que ver las caras del embajador Fernández de Soto, de la propia Martuchis, del doctor Emilio Archila, todos exultantes, como si estuvieran al borde de gritar que vida no hay sino una y que hay que vivirla sabroso; y había que ver, además, al presidente perfeccionista hablando a los rusos con el ceño fruncido, como si ya fuera todo un señor hecho y derecho y estuviera a un paso de dar instrucciones al general Ajúa para que irrumpiera con sus tropas a Siberia con la orden de hacer con la comunidad siberiana (sibarita, diría el mandatario) lo mismo que con la de Putumayo.

Pero sucede que justo en ese momento estalló el Petroescándalo de la Semana Santa ambientado previamente por el propio Gustavo Petro con la propuesta de extender un perdón social a las ovejas descarriadas, y decidí entonces suspender el paseo familiar que teníamos planeado para las vacaciones y dedicarme en cuerpo y alma a leer a Derrida, como el propio candidato recomendaba para explicar el encuentro de su hermano Juan Fernando con Gordo Garcia, masacrador de Macayepo, y otros políticos delincuentes. De ese modo podría comprender que la campaña del candidato humano no cometió una jugada turbia y torpe que le puede costar la presidencia, sino que el propio Petro usó a Iván Moreno para adueñarse de la temática electoral del perdón en la mismísima semana de pasión, como solo lo había hecho en el pasado Papá Lindo con Barrabás. Salvo que Papá Lindo jamás leyó a Derrida. Punto para Petro.

Cuando el propio candidato anticipó la noticia, imaginaba que el perdón sería eje central de su programa para vivir sabroso. Lo visualizaba acondicionando un balcón en la plaza de Bolívar para organizar jornadas de perdón. El presidente humano se recostaría en un diván de terciopelo, el pelo raído envuelto en una corona de laurel, las carnes cubiertas por una sábana: el racimo de uvas en la mano. Gustavo Bolívar y Roy Barreras lo abanicarían con hojas de palma. En franela y paños menores, mi tío Ernesto tocaría el arpa. Y entre uva y uva, y uno que otro maní, el emperador humano otorgaría perdones a la muchedumbre con un megáfono:

—Otorgo perdón social a Zuluaguita por ponerse a hacer coreografías de tik toks después de los sesenta años —diría.

—Otorgo perdón social al peluquero de Rodolfo Hernández por haberle puesto esos implantes tan chimbos, como diría Vargas Lleras: es que se les ve hasta el precio —diría de nuevo, ante el clamor popular.

La ovación lo alentaría a pronunciar ante la multitud una pieza de oratoria comparable al discurso de “Tengo un sueño” que alguna vez dijo Martin Luther King y posteriormente puso en práctica Roberto Gerlein en el Congreso (y Sergio Fajardo en su campaña):

—Otorgo perdón social a Reinaldo Rueda por plantear partidos definitivos con esquemas de juego cobardes; a Alexandra Montoya por retirarse de Máster Chef; a Marbelle no por su racismo, pero sí por su discografía; otorgo perdón social a quienes duran en la cama lo que Polo Polo en el Senado y a quienes piden changua al desayuno.

Pero posteriormente un informe de Ricardo Calderón en Noticias Caracol develó que el asunto no parecía el anuncio de una nueva doctrina cristiana del caudillo de Ciénaga de Oro, sino el anticipo estratégico a una noticia que parecía de conocimiento inminente: que el hermano del posible primer mandatario de la nación, que trabaja en la Comisión Intereclesiástica, se había reunido en la cárcel La Picota con Iván Moreno, el Gordo García y otros delincuentes de cuello blanco, según el reportaje para cambiar apoyos por reformas y rebajas.

Más grave que lo anterior, el propio hermano de Petro procuró dar explicaciones de la reunión desde un hospital, con una bata de paciente a través de la cual se le exhibía el pecho, todo esto porque, según advertía, lo había picado un alacrán: ¿no podemos ser medianamente normales al menos en el momento de dar cuentas por un escándalo? ¿Podría Juan Fernando Petro al menos cerrarse la bata? ¿De cuál partido era el alacrán? ¿Es el hermano de Petro el mejor plantado de los Petro? ¿Esa es la paz de Petro? ¿El hermano de Petro es mamón?

Noticias Uno posteriormente publicó un informe en que, a la par que sucedían los encuentros, el abogado de Kiko Gómez, que ayudó a ingresar al doctor Juan Fernando a la Picota, ponía a circular una falsa carta de Petro con su programa de descuentos para los presos. Esto permitió que los hechos se mezclaran y la propia campaña denunciara que todo había sido un entrampamiento de la derecha (que de forma audaz, diría uno, envió al hermano de Petro a hablar en la cárcel y puso previamente al candidato a hablar de perdón social en entrevistas radiales y a citar a Derrida).

Nadie duda de que la derecha radical sea capaz de cometer cualquier entrampamiento: aun el de decir que Fico no es su candidato. Pero el Petro-episodio deja más preguntas que respuestas. Para empezar, parece absurdo asegurar el apoyo del corrupto Iván Moreno y compañía cuando todos ellos ya son votos cautivos. Literalmente. A menos de que, específicamente en el caso del Gordo García, la jugada procurara arrebatarle el voto paramilitar a Fico, que ya está en esas arcas.

También resulta insólito que el hermano de Petro se convierta súbitamente en el protagonista de la campaña y termine reuniéndose en La Picota con Iván Moreno. Pero se comprende porque trabaja en la Comisión Intereclesiástica. Y a los Moreno les encantan las comisiones.

La duda ahora es si, por culpa de este resbalón, Petro dejará de ser quien viaje en el futuro a las Naciones Unidas, acompañado de su canciller Cielo Rusinque, su vicepresidenta Francia Márquez y el embajador Fernández de Soto (porque él siempre consigue ser embajador) para reestablecer las relaciones con Rusia que dañaron el presidente perfeccionista y Martuchis.

Por lo pronto, es evidente que el líder de la Colombia Humana debe otorgar el perdón social a quien tenga un hermano que explique sus polémicas reuniones en bata médica; perdón social para el alacrán que lo pique; perdón social para Derrida. Y perdón social para mi tío Ernesto, porque no sabe tocar el arpa, el muy sibarita.

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