Un voto de tranquilidad

VLADDO

24 de mayo de 2022

En Colombia todavía tenemos mucho que aprender en materia de debates políticos. El del lunes, por ejemplo, además de exageradamente prolongado, me pareció “despelotado”, tal y como lo admitió la directora de la revista Semana, quien fue la moderadora, en compañía del director de EL TIEMPO.

Pero, más allá del formato, creo que en esta oportunidad las preguntas no fueron muy sustanciosas y que algunas respuestas parecían dirigidas a expertos y no al ciudadano del común. En contraste, hubo otras preguntas que parecían sacadas de un reality, como si fueran concursantes de una ronda de eliminación y no aspirantes a la presidencia.

No obstante, algo pudimos ver del estilo y el talante de los tres candidatos que acudieron a la cita: Gustavo Petro, Federico Gutiérrez y Sergio Fajardo. Rodolfo Hernández canceló a última hora, empujado, quizás, por el instinto de conservación, pues no han sido pocas las metidas de pata en sus intervenciones públicas. Además, al ver cómo ha crecido su favorabilidad en las encuestas, él y sus asesores deben pensar que en un debate es más lo que arriesga que lo que puede ganar.

En cuanto a los asistentes, hay que decir que Petro, con la cancha que tiene como orador y en el manejo de auditorios, lució tranquilo y, por momentos, sobrador. Con la misma frialdad que exhibió al decir que estaría dispuesto a extraditar a Piedad Córdoba, hablaba de reducir el déficit como por arte de magia. Eso sí, en algunos momentos parecía un poco molesto por la mecánica del debate y por el orden de las intervenciones, sobre todo cuando era él quien tenía que abrir la tanda de respuestas.

Por su parte, Gutiérrez salió tal y como es: pandito, con un lenguaje bastante limitado y sin mucha iniciativa. Yo no sé si estaba atortolado o desconcentrado por la descolgada que ha tenido en las encuestas, en varias de las cuales tiene a Hernández poniendo en riesgo su paso a la segunda vuelta. En algunos pasajes, se enzarzó en discusiones casi infantiles con el candidato del Pacto Histórico, quien replicaba en la misma tónica.

A su vez, Fajardo actuó con la determinación que sus seguidores le habían reclamado durante mucho tiempo. En sus respuestas se le vio serio y decidido, sin incurrir en la pedantería ni en la grosería. Fue más proactivo que reactivo, en particular en su confrontación con Petro, a quien se le iba notando el desespero por la agudeza inusual del candidato de centro. A Gutiérrez también se le plantó, y logró por instantes que estos dos candidatos de polos tan opuestos tuvieran salidas muy semejantes y se pusieran a la defensiva. Fue el más sólido de los tres: el más convincente, el más aterrizado y el que demostró estar mejor preparado para tomar las riendas de este país a partir del próximo 7 de agosto, así las encuestas no lo hayan favorecido últimamente.

Aunque esta vez el panorama luce más complicado que en 2018, cuando Fajardo se quedó ad portas de la segunda vuelta por un puñado de votos, cuatro años después es evidente que el país clama por un cambio, pero sin fractura institucional; por una recuperación de la seguridad, pero sin abuso estatal; por una sociedad más incluyente, pero sin resentimiento social; por un país más productivo, pero también más educado.

En estas circunstancias, el papel de Fajardo puede ser clave, gracias a su trayectoria, su disciplina, su integridad y, sobre todo, a su serenidad, cualidad que a muchos les parece un defecto, en un país acostumbrado a los insultos y al matoneo.

En cambio, para mí –al margen de debates y de encuestas–, la fórmula Sergio Fajardo-Luis Gilberto Murillo es la mejor opción que vamos a encontrar el domingo en el tarjetón. Ellos dos, además de mi voto, tienen toda mi confianza. ¡Se puede!

VLADDO
puntoyaparte@vladdo.com

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