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Una de las primeras huelgas en Colombia tuvo rostro de mujer

Maria Antonieta Cano

10 de marzo de 2022

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Mi papá me regaló un libro el año pasado en navidad. Lo había leído y estaba seguro de que me iba a gustar. Lo recibí entusiasmada, con la expectativa que me despierta siempre un nuevo libro, pero además porque la autora es mujer, Ángela Becerra, y también porque confío en el gusto de mi padre. Lo empecé a hojear y apenas leo la contraportada, ¡qué grata sorpresa!, la protagonista se llamaba Betsabé Espinal, ¿ah?, nada menos que Betsabé Espinal, la mujer que dirigió la primera gran huelga obrera en Colombia por allá hacia 1920.

Y me embarqué en esta maravillosa lectura sobre la vida de una de las mujeres que más admiración me han causado. Su historia y su valentía han sido faros cuando mis energías se ven un poco diezmadas y me atrevo a confesar que es por esta razón por la que me nace escribir estas palabras. Como a mí, conocer la vida y lucha de mujeres como Betsabé quizás les sirva a tantas mujeres que en medio de la adversidad continúan con las banderas en alto por nuestra dignidad.

Saber que una mujer de unos veintitantos años fue capaz hace cien años de rebelarse contra a sus patronos es un hecho que a mí me llena de orgullo y que me hincha el pecho de admiración reconociéndome del mismo género de esta mujer, la gran Betsabé Espinal. Las condiciones socio-culturales en que estaba sumida Colombia hacían muy difícil la vida de las mujeres. De ahí que sea mucho más meritoria su valentía al lograr que seiscientas personas que trabajaban con ella, mujeres en su gran mayoría, se embarcaran en una huelga que pasaría a la historia como uno de los acontecimientos más importantes de la época, por ser la primera gran huelga general obrera de la que se tuviera noticia en nuestro país.

El desarrollo de la industria capitalista en el mundo se afianza sobre la base de la superexplotación de la masa trabajadora haciendo que sobrevivir una familia con su prole sólo sea posible uniendo los ingresos salariales de varios miembros del hogar. El cambio trajo consigo dos efectos: uno, que a las mujeres, hasta entonces confinadas a las cuatro paredes de la casa, se les abriera toda una gama de posibilidades surgiendo así la mano de obra femenina y, dos, que con en el trabajo asalariado las mujeres encontraran oportunidades de autonomía, autorrealización e independencia.

Este proceso, contradictorio en sí mismo, que llevó a la vinculación de millones de mujeres al trabajo agrícola e industrial en condiciones sumamente adversas, condujo a que surgieran movimientos organizativos de mujeres trabajadoras, a que poco a poco las obreras fueran conscientes de su condición, de sus posibilidades, de sus necesidades, de lo que ya tenían al haberse liberado de las cuatro paredes pero de lo que también significaba estar trabajando en condiciones de obreras, muchísimo más adversas de las que ya sufrían sus propios compañeros.

Y esto, para ellas, tarde o temprano tendría que cambiar. Se organizan, primera reacción casi instintiva del ser humano cuando se ve en condiciones de opresión, descubren que si no es con acciones conjuntas no lograrán nada, y pelean porque también aprenden que sólo mediante luchas organizadas lograrán las conquistas. Así, en un arduo proceso que lleva años, van llegando las asambleas a las fábricas, las reuniones clandestinas, las luchas individuales y grupales, No era sólo contra el patrón contra el que tenían que luchar. No, también debían rebelársele a sus padres, esposos y hermanos que no querían ceder en la tutela que ejercían sobre ellas y que miraban con miedo y recelo el grito libertario y el poder que las mujeres juntas iban logrando. Muchas fueron acalladas, maltratadas, vulneradas, pero nada ni nadie impidió que esa fuerza que se forjaba en las entrañas de la sociedad capitalista llegara a las grandes revueltas femeninas, a las marchas y mítines y a que por allá hacia 1857, el sindicato de trabajadoras del sector textil organizara una huelga en la empresa Lower East Side de Nueva York, para escribir uno de los capítulos más memorables de las luchas por los derechos laborales de las mujeres.

En Colombia, la incipiente industrialización nos llegó en los albores del siglo XX y fue esta emergente clase obrera la que entre 1919 y 1920 libró 33 paros. Sobresalen el de los artesanos de Bogotá, los mineros de Segovia, los ferroviarios del Magdalena y los zapateros de Manizales,  Medellín y Bucaramanga. En ellos la dirección de mujeres como María Cano fue absolutamente relevante.

En medio de esta efervescencia surge el paro de las obreras textileras de Bello, Antioquia, el primero que se califica a sí mismo con el rótulo de huelga. Para 1920, el 73% de la fuerza laboral estaba conformada por mujeres solteras pues para la Iglesia la fábrica era “enemiga de la familia y de las buenas costumbres”.

La industria colombiana, principalmente textil y de zapatos, se aprovechó de las mujeres campesinas que llegaban a ciudades como Medellín en busca de mejores oportunidades. Las  condiciones de trabajo eran inhumanas. Laboraban doce, trece, catorce horas diarias con salarios de hambre, enormes multas por retrasos y descuentos por el daño de las máquinas y sometidas al acoso sexual y laboral repulsivo que ejercían contra ellas patronos y capataces. Fue hace más de cien años pero parece que estuviéramos hablando de la realidad actual.

Los gerentes de Coltejer y Fabricato no admitían mujeres con marido ni madres solteras y en otras factorías, como en la fábrica en la que trabajaba Betsabé, los directivos obligaban a las trabajadoras a asistir descalzas dizque para facilitar su desplazamiento en los barrizales que llevaban a los talleres.

Para 1920, cuando estalla la huelga, de la que fuera dirigente indiscutible Betsabé Espinal, en la fábrica trabajaban unas cuatroscientas mujeres y niñas y unos 110 hombres. Mientras ellas ganaban entre 0.40 y un peso a la semana, los hombres percibían por el mismo oficio entre uno y dos pesos semanales, una diferencia salarial que aún persiste, sustentada en la idea de que el salario de las mujeres es un ingreso familiar complementario para el sustento del hogar, excusa que se cae por su propio peso pero que mantiene en pleno siglo XXI una brecha salarial entre los géneros de entre el 13% y el 23%.

Los puntos del pliego eran: igualdad salarial, el cese del acoso sexual, el cese de las multas, la reducción de una hora en la jornada laboral para el almuerzo, acabar con las ofensivas requisas –¡cómo serían las tales requisas!– y el derecho a usar zapatos. Todo se ganó a los cuatro meses. ¿Se imaginan una huelga en la Colombia de 1920, librada por mujeres y dirigida por una mujer joven, que durara cuatro meses y que se coronara con la victoria? ¿Cómo acertaron a resistir ciento veinte días? Pues sí, existió, y no es sólo poesía por lo bello del acontecimiento sino que fue real y contundente.

En la actualidad, a veces olvidamos lo que han costado nuestros derechos. Creemos que por ir a una marcha el Primero de Mayo o participar en una jornada de protesta ya hicimos suficiente y ya cumplimos con nuestra cuota de movilización. Pues no. Si perdemos de vista que el enemigo sigue vivo, que está latente y nos sigue golpeando, seremos derrotadas. Ese enemigo contra el que otrora lucharon las generaciones anteriores está ahí queriéndonos conculcar lo poco que tenemos.

Mujeres, pongámonos de acuerdo en que sólo si el país avanza, avanzaremos nosotras, sólo si hay progreso nacional, conquistaremos derechos laborales dignos, sólo si hay avance social, lograremos el reconocimiento pleno de nuestros derechos ciudadanos, políticos, sexuales y reproductivos. De lo contrario, seguiremos siendo una nación atrasada y una neocolonia de Estados Unidos, con una economía semifeudal, con todo su rezago cultural, y la herencia patriarcal, tan arraigada en nuestra sociedad, será mucho más dificil de erradicar.

Miremos hacia delante, emulemos a las María Cano, a las Betsabé Espinal y a las miles de mujeres que con sus luchas nos legaron un mundo menos hostil. Impregnémonos de su temple, de su energía, de su coraje, de su alegría, recojamos las banderas que ellas enarbolaron y las que nos impone el momento y, sin desestimar el debate, tan necesario siempre en todos los procesos reivindicativos, cumplamos con la historia, miremos hacia delante siempre, porque esta lucha por los derechos de las mujeres es imparable y porque sabemos que nos asiste la razón. Protejamos el legado de las luchas pasadas, asumamos las reivindicaciones actuales y preparémonos con sororidad para las batallas venideras, juntémonos con el conjunto de la sociedad y luchemos por un mundo en donde la dignidad se vuelva costumbre, donde la tierra será el paraíso bello de la humanidad. La lucha continúa.

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